Aunque en Gisborne nos sentíamos muy bien y acompañados, ya era hora de seguir nuestro camino. Nuestro último día de trabajo nos dio mucha alegría, ya que el fuerte sol de Nueva Zelanda se hacía sentir. Cerramos ese día con una pequeña guerra de manzanas que estaban tiradas en el suelo.

Encontramos en Facebook una familia que quería irse de vacaciones y nos ofreció quedarnos en su casa a cambio de que limpiáramos y atendiéramos unos domos que ellos habían construido y alquilaban por Airbnb y Booking. También debíamos cuidar a un gatito.
El trato nos pareció bueno, además de que era una casa muy linda en lo alto de una colina con vista al mar. Lo que terminó de convencernos fue que nos permitían usar herramientas para poder renovar la van.
Llegamos el 22 de diciembre luego de un largo viaje por toda la costa este de la Isla Norte. Hicimos noche en un camping y paramos a almorzar al lado de la playa, acompañando la comida con una buena refrescada en el mar. Estábamos felices de estar de vuelta en la ruta.



Llegamos a Waipu, nuestro nuevo destino, a unas 2 horas al norte de Auckland, luego de recorrer aproximadamente 700 km desde Gisborne. La familia anfitriona, compuesta por los padres y un niño pequeño, nos recibió muy bien. Nosotros estábamos contentos de conectar con locales y practicar mucho inglés.
Teníamos nuestra propia habitación y estábamos cómodos, aunque adaptarse a una nueva casa, con nuevos ritmos y personas, siempre tiene su desafío, especialmente con un niño de menos de un año en casa. Con Leon, estábamos expectantes a que la familia se fuera de vacaciones, pues anhelábamos nuestro tiempo a solas y poder comenzar a trabajar en nuestra casa con ruedas.
La familia partió de viaje el 24 de diciembre por la tarde. Con Leon nos alegramos mucho cuando se fueron, ya que finalmente podíamos comenzar nuestro festejo de Navidad. Cocinamos relajadamente unas pizzas y nos tomamos unas cervecitas. La noche fue muy tranquila para nosotros, aunque para nada navideña. En Nueva Zelanda, el espíritu navideño es casi inexistente, lo cual fue una especie de shock cultural para nosotros.
Aun así, disfrutamos de nuestra compañía, de mirar las estrellas y de la tranquilidad que ofrecía esa colina.
La familia regresó el 26 de diciembre y se quedaría hasta el 31 de diciembre, cuando saldrían de vacaciones hasta mediados de enero. Nosotros cumplíamos con nuestro trabajo en los domos, lo cual nos llevaba alrededor de dos horas al día, y luego aprovechábamos el resto del tiempo para ir a la playa o pasear y conocer los alrededores.




















Cuando por fin la familia logró organizarse y salir de viaje, era 31 de diciembre cerca de las 8 de la noche. Nosotros, entusiasmados por tener la casa para nosotros solos durante las próximas semanas, comenzamos a festejar y a cocinar. Preparé unos ricos ñoquis caseros con una boloñesa vegana, y de postre teníamos un delicioso helado. Felices, armamos una fogata bajo la luz de las estrellas y nos quedamos disfrutando de la noche ventosa y del fuego.


Empezaba el nuevo año y nuestro plan era claro: renovar nuestra van. La desarmamos por completo y diseñamos lo que teníamos en mente. Compramos los materiales necesarios y encontramos un lugar donde vendían madera «de segunda mano», lo cual era muchísimo más económico que comprar nueva. Con todos los materiales listos y acceso a muchas herramientas, nos pusimos manos a la obra.
El trabajo duro comenzó, pero nos hacía muy felices nuestra rutina diaria: levantarnos temprano, trabajar en los domos, dedicarle tiempo a la van, cocinar, seguir trabajando y siempre terminar el día viendo el atardecer desde lo alto de la colina.
Después de 10 días de trabajo continuo, terminamos nuestra van. Construimos una nueva cama, instalamos una cocina bonita, pusimos el baño en su lugar, y estábamos muy satisfechos con el resultado. La experiencia fue placentera, y al finalizar ya sentíamos que nuestra casita estaba lista.









La familia regresó de sus vacaciones el domingo 12 de enero, justo cuando nosotros estábamos ultimando los detalles de la van. Amablemente nos invitaron a cenar comida india y compartimos nuestra última noche juntos. Al día siguiente dejamos lista la van y partimos rumbo a la costa oeste de la Isla Norte, donde queríamos explorar nuevos lugares.
Antes de iniciar nuestra aventura, hicimos una parada en Auckland para que revisaran nuestra van y obtener la certificación de «Self Contained». Esto nos permitiría acampar de manera gratuita en cualquier lugar, ya que habíamos instalado un baño y contábamos con tanques de agua, cumpliendo con los requisitos.
El trámite resultó exitoso, y con mucha emoción partimos para aprovechar nuestra nueva libertad. Necesitábamos viajar al sur de la isla, a unos 500 kilómetros, para retirar el sticker que acreditaba nuestra certificación. Entre paseos, campings y días de playa, llegamos a nuestro destino, donde finalmente nuestra van fue oficialmente bautizada como «Self Contained». Ahora estábamos listos y legales para disfrutar al máximo nuestra aventura.









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